PADRE HUGO SEGOVIA
Lo primero que experimenté cuando lo conocí a Hugo Arana fue como una irradiación de credibilidad.
Era creíble lo que decía como ya sabía que lo era lo que hacía.
Tal vez esa impresión tenía que ver con lo que fue la publicidad del vino Crespi que, durante más de una década, ocupaba un lugar tan publicitado en la TV: “pasan cosas tan lindas”…
Sobre todo aquellos escarpines que anunciaban la llegada de un hijo, sobre todo en años de mucha violencia.
Ahora mismo su hijo Juan lo despidió con una foto de él sonriendo: “te amo, viejito hermoso” como un eco de aquella publicidad que era todo un himno a la ternura.
Hablaba así de aquella experiencia: “fue el teatro el que me impidió correr el riesgo de que esa publicidad cambiara algo en mi vida”.
Pero era también el recuerdo del Groncho y de Huguito Arana, el que me lo hacía ver como poseedor de tantos matices.
Pasados los años era ese personaje de barrio de “La leona” el teleteatro tan injustamente tratado el que me lo hacía ver como en el cine su interpretación en la película “Cautiva”, entre tantas otras.
Sabía de su trabajo incesante, este verano incluso en Carlos Paz, y siempre estaba presente la experiencia de “Errare Humanumest” junto a otros actores también creíbles, Darío Grandinetti, Juan Leyrado, Miguel AngelSolá y Jorge Marrale, que fueron noticia durante varios años con “Los mosqueteros”.
PARA CALMAR LA VANIDAD
Había dicho Hugo años atrás: “el teatro me protegió. Fue un hecho singular. La vocación viene de un lado misterioso porque uno no decide tener una vocación así como no decide amar o dejar de hacerlo. En todo caso uno puede estar o no con la persona amada pero a veces ni eso y por eso duele”.
Había dicho también que la vida era un camino misterioso a recorrer basándose en un texto de Tagore.
Pero lo que lo pinta de cuerpo entero es la distinción que hizo entre las palabras “carrera” y “profesión” porque “profesar” es poner la fe. “Pongo fe de que voy a disfrutar, de mejorar su paladar.
El tema es como nos relacionamos con nuestra vanidad y nuestros miedos. Cada tanto a mi vanidad la agarro y le doy unos caramelos para que se calme un poco porque si no corro el riesgo de convertirme en un idiota”.
En 1942, en plena guerra mundial, un joven Karol Wojtyla que formaba parte del Teatro Rapsódico clandestino junto a otros que con sus obras alimentaban a la resistencia contra el nazismo, decidía también estudiar teología en los sótanos de la curia de Cracovia.
LAS DEUDAS PENDIENTES
Poco se ha insistido en esta faceta de la personalidad de quien, en 1978, sería elegido Papa Juan Pablo II que además de actor tiene en su haber la autoría de obras de teatro y hasta sus poesías que culminan enesos memorables trípticos romanos. De él ha dicho el cardenal Ravasi: “cuando el Papa escribió estos versos se extendía, a sus espaldas, en lo cultural no solo su itinerario filosófico y teológico personal sino que también se desplegaba un sendero de altura que nunca había abandonado el arte”.
Relaciono esto con la muerte de Hugo porque cuando lo invité a participar del Encuentro de la Iglesia con el mundo del Teatro me manifestó su admiración porque, aunque sabía en forma general que el Papa había estado relacionado con el teatro, mostró su interés por ello. Lamentablemente quedó en el tintero esa intención que ahora siento como una deuda pendiente.
Como estuvo pendiente el reconocimiento nuestro hacia una figura de la dimensión de Adolfo Pérez Esquivel que quiero relacionar también con el cambio de escenario de Arana porque en los días de su partida se cumplían cuarenta años del premio Nobel de la Paz que en 1980, ante la sorpresa del mundo, le fue otorgado a este argentino.
Resulta como una constante de nuestra historia el hecho de que los medios de comunicación, también ahora, le hayan dado nula o escasa importancia a esta distinción.
Su lucha por la vida y por la paz a la par de los que marcharon y reclamaron verdad y justicia contra la impunidad en defensa de los derechos humanos y de los pueblos.
Como decía monseñor Gerardo Farrel, obispo coadjutor de Quilmes, respecto de otro laico comprometido en esa tarea, tenemos una deuda pendiente con ellos.
Karol Wojtyla era obispo auxiliar de Cracovia y en 1962 tuvo a su cargo, en Semana Santa, unos ejercicios espirituales para artistas y allí decía que “la sociedad necesita artistas del mismo modo que científicos, técnicos, trabajadores, profesionales así como testigos de la fe, maestros, padres y madres que garanticen el crecimiento de la persona y el desarrollo de la comunidad por medio de ese arte eminente que es el arte de educar.
En el amplio panorama cultural de cada nación los artistas tienen su propio lugar porque obedecen a su inspiración en la realización de sus obras que no solo enriquecen el patrimonio cultural de cada nación y de toda la humanidad sino que prestan un servicio social cualificado en beneficio del bien común”.