Cuatro amigos
Éramos cuatro amigos inseparables, vivíamos en un pueblo pequeño, y nuestros sobrenombres, por los que todos nos reconocían, tenían que ver con alguna de nuestras características físicas: Cuatro ojos, Narigón, Pelopincho (este era yo) y Ojo de pescado. Seguro, que nadie recordaba nuestros reales nombres- Una tarde, volvíamos con Cuatro ojos y Narigón, muy apurados, pues concentrados en nuestra última aventura, que fue la lucha contra los extraterrestres en los médanos, se nos había pasado la hora en la que teníamos que volver a nuestras casas. Esto significaría el mayor de los castigos para cada uno: Narigón, se iría a la cama sin cenar; Cuatro ojos, se quedaría sin postre; a mí se me prohibirían el acceso por un día a la biblioteca, donde vivía aventuras en mundos fantásticos.
La cuestión es que era muy tarde, que estábamos apurados, pero sucedió lo impensado. Encontramos a nuestro cuarto amigo, Ojo de pescado, en reales problemas. Acurrucado en una cuevita de los acantilados, muy lastimado, ensangrentado. Mojamos en un charco lo único que teníamos, un repasador que habíamos utilizado como banderín en la batalla de los médanos. Le pasamos el repasador con mucho cuidado por sus heridas y entre los tres lo ayudamos a levantarse para poder llevarlo a su casa. Seguía cayendo la noche, ¡ya casi no se veía el sol! Adiós cena, postre y libros. Pero teníamos que ayudar a nuestro amigo. Seguro que nuestras familias entenderían lo que pasaba.
A los tropezones íbamos los cuatro, preocupados por Ojo de Pescado, preguntándonos quién podría tener tanta maldad como para lastimarlo y luego abandonarlo. Nuestra preocupación aumentaba, él se quejaba y a todos se nos caían las lágrimas. No había luna, por suerte Cuatro ojos, llevaba una linterna y un ovillo de hilo que utilizamos para atar el repasador, húmedo, sobre las heridas. Pensábamos en la preocupación de nuestras familias por la tardanza, pero también en la de Ojo de Pescado.
Por fin, la linterna iluminó el recodo del arroyo La Tigra, el hogar de Ojo de Pescado. Él, sin emitir sonido, pero mirándonos con agradecimiento, hizo que nuestras lágrimas se convirtieran en llanto, se deslizó por el agua del arroyo, primero lento y luego más rápidamente.
Nos quedamos tranquilos cuando con energía lo vimos nadar junto a los otros peces de La Tigra. Lo habíamos salvado y podríamos verlo disfrutar del agua.
Siempre nos quedó el recuerdo de nuestro amigo Ojo de Pescado, al que algún insensible le había clavado un anzuelo, abandonándolo en esa cueva diminuta.
Liliana Olivieri