S.E.G.A. Sociedad de Escritores de Gral. Alvarado

De la Antología ”Pescadores de Ilusiones”, 2007

Viejo Palermo

Sueño añorado
de casa bajas, techos altos.
Patios y balcones arcaicos,
jazmines con aromas a esperanza.
Calles angostas, adoquines en abanico,
alfombra bajo árboles rascacielos.
Universo desteñido en smog
por volcanes incinerados.

Luz pobre, solitaria testigo
de caricias desbocadas sobre trapecios.
Propietario de cada esquina,
en el esplendor de mi juventud,
aprendí códigos y silencios
libre en tu misteriosa entrega y lealtad.

Realidad amarga
de casa bajas, techos altos.
Patios y balcones con mesas servidas,
fábrica de aromas comerciales.
Calles angostas, marquesinas multicolores,
pavimento para autos de visita.
Tristes buceadores de un no sé qué,
dueños fugaces ante un paseo artificial.

En el inicio de mi vejez
llevo entrelazados sueño y realidad.
Una zozobra acecha
las hojas otoñales
de mi Viejo Palermo
y aclama mis fuertes agradecimientos
junto a mis débiles ¿por qué?

Rafael Granillo Posse


Desecho de mar

Me gustaba pasear por las playas de San Antonio Oeste.
Siempre soplaba una brisa sureña que se colaba entre los médanos bajos y el cielo era cómplice de mi soledad.
Mis pies dejaban huellas en la arena gruesa cuando solía juntar los desechos que el mar depositaba en la orilla: trozos de maderas, botellas de raras siluetas o retazos de redes eran trofeos que atesoraba en los rincones de mi refugio de verano.
En esas acostumbradas caminatas, a veces recordaba cuando de niña, de la mano de mi padre, chapoteaba en la espuma de las olas. Volvía a verme arriando las gaviotas temerosas y a él dirigiendo con los brazos en alto, el despegue desordenado de sus vuelos sin destino.
En uno de sus viajes siderales me interrumpió una voz con acento portugués, ofreciéndome con amabilidad pescado fresco que traía en su embarcación amarrada al muelle.
Así fue como todas las tardes corría a la playa, esperando ansiosa la llegada del buque pesquero, para contemplar al joven con su cuerpo fraguado por las inclemencias del mar.
La conversación era solo un diálogo sobre la mercadería del día y su precio. El resto lo decían nuestras tenues miradas.
En muy pocos momentos nos rozábamos las manos, pero fueron suficientes para compartir, en un segundo, un mundo de caricias escamadas. Con el paso del tiempo me di cuenta de que, al finalizar la temporada, ese ritual desaparecería.
Durante varios días volví a pasear por las playas vacías a juntar caracoles y cangrejos vagabundos. Ni siquiera sabía su nombre…
Cierto ocaso sombrío tomé la decisión y descontrolada, corrí hasta el muelle donde el mar encrespado me trajo la imagen de una barcaza humeando adioses en el horizonte.
Allí, uno a uno se derrumbaron los pétalos de mis ilusiones quedando tras mis huellas, en la arena gruesa, como desechos de mar.

Rafael Granillo Posse