Padre Hugo Segovia
Tenía solo 28 años un franciscano llamado Mamerto Esquiú que, en un día como hoy en 1853, predico en la iglesia matriz de Catamarca un sermón que lo hizo reconocer por todo el país y gracias al cual se lo iba a conocer como el predicador del sermón de la Constitución.
Ahora en las vísperas del segundo centenario de la muerte de Don Manuel Belgrano se ha anunciado su beatificación.
Era la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y el episcopado argentino se asociaba a este aniversario teniendo en cuenta también que el prócer llevaba también su nombre.
Treinta años después de esa predicación y ya como obispo de Córdoba, entregaba su vida en medio de la visita pastoral que estaba haciendo en la posta El Suncho de La Rioja que en aquel tiempo integraba la diócesis de Córdoba, en un territorio que hoy conforman siete diócesis.
Había nacido el 11 de mayo de 1826 en Piedra Blanca, había ingresado en las huestes del santo de Asís cuo sayal pero, sobre todo, su vida y su espiritualidad habían inspirado toda su vida.
Vatican News decía el 13 de junio: “los testimonios sobre el destacan en forma unánime su compromiso con la unidad del pueblo argentino durante los difíciles años que llevaron a la constitución de un país moderno en pleno siglo XIX”.
TRANSITAR LOS CAMINOS
Muy oportunas estas palabras ya que la promulgación de la Constitución había dado lugar a grandes debates y hasta divisiones y rechazos.
La sólida formación filosófica de Esquiú se había actualizado por su contacto con lo que en Europa, particularmente en Francia iba gestando el llamado movimiento social que abría nuevos caminos en ese convulsionado siglo XIX.
La discusión versaba, en gran medida, sobre la relación entre el poder civil y la religión sobre todo después de la Revolución francesa.
Muy importante en el caso de Esquiú la influencia del filósofo español Jaime Balmes.
Ya la experiencia de las luchas por la independencia hicieron que el derecho del Patronato de la monarquía española pasase, de hecho, al nuevo estado. Episodios importantes en este largo camino fueron la Asamblea de 1813, la reforma de Rivadavia en 1822, la generación llamada romántica de 1837 que propugnaba la libertad de cultos y los desencuentros a lo largo de la historia que recién, muchos años después y a raíz del Concilio Vaticano II, arribaron a ser el primer país que accedió al pedido del mismo de renunciar en 1966 a ese derecho. Tema de urticante actualidad sin duda frente a la actitud del episcopado respecto del sostenimiento de la Iglesia como el aguerrido embate de los que sostienen la separación de Iglesia y Estado.
Esquiú que había sido en 1855 vicepresidente de la Convención constituyente de la provincia y que ostenta el patrocinio de los abogados constitucionalistas tiene mucho que decir sobre estos temas.
LA CASA DEL OBISPO
Si nos hemos detenido en esta faceta de la trayectoria de Esquiú es, por el hecho de que se agita en nuestro tiempo el problema de la relación entre Iglesia y Estado.
Pero no podemos remitir a un segundo plano los aspectos específicamente pastorales de una vida caracterizada por la humildad como lo prueba su renuncia al arzobispado de Buenos Aires que no pudo concretarse cuando, en 1880, fue elegido para ser el pastor de la diócesis de Córdoba. Pero tendremos ocasión de entrar en otros aspectos de un hombre que no solo fue reconocido en el país sino que provoco la admiración de nada menos que el gran escritor Rubén Darío quien le dedico un hermoso poema.
El 2 de enero y el 7 de mayo aludíamos a Esquiú en esta columna y en este aniversario del famoso discurso nos da la ocasión de prepararnos para la beatificación de un hombre que vivió una Iglesia en salida y asumió el compromiso con los pobres como lo demuestra lo que todos sus historiadores recalcan: en la Córdoba de su episcopado todos sabían que la casa de la larga cola de necesitados era la del obispo.