¿Qué es leer, para qué se lee, cuando comienza el gusto por la lectura?
Éstas y otras más son preguntas que cualquier docente, padres, en general se hacen ante la lectura. Es más, nos hemos sorprendidos en algún verano no teniendo algo para leer, o bien un fin de semana lluvioso cuando la televisión amenaza con noticias truculentas, ir a buscar un libro que nos distraiga o nos lleve a paraísos o escenas desconocidas. ¿Quién no? Se dice, “los adolescentes y los niños de “ahora” no leen. Esto es en parte cierto y en parte no.
Siempre existieron niños y en especial adolescentes que no leyeron y prefirieron el campito, las amigas y algún juego entretenido.
Leer es un ejercicio que lleva a quien lo ejercita a espacios desconocidos, a querer “mas” a sentir que el mundo no finaliza con la palabra escrita. En gran parte, no digamos todos, leer lleva a desear escribir y al contrario, cuando se comienza a escribir, la lectura no se abandona.
Se ha paralelizado la lectura con lo cultural, si se lee se es culto sino, no.
Esto es una falacia. Leer nos lleva a “desear” que no es poco. A neutralizar aquello que de animalae, tenemos.
Aristóteles hablaba de esto, del “animalae”, y afirmaba que todo ser humano tenía esa porción, esa parte de animalae, de fiera indomada. Nosotros decimos de “ángel y demonio”, y es así.
Hay familias que entienden que la lectura neutraliza al animalae e inserta a sus hijos mediante este ejercicio en el mundo de la vastedad y de lo inmenso del ejercicio de la investigación, de la curiosidad, del asombro. Otras familias prefieren lo pasatista de una revista de chismes o modas, y luego su descendencia irá por esta sombra, el camino de desear lo concreto de vestidos suntuosos, de perfumes caros a imitación de las muchachas y muchachos que ejercitan su ego en estas lides.
La lectura es otra cosa que la revista de chismes fastuosos y distantes de una realidad cotidiana de lo escolar, lo laboral y el día a día.
Si la lectura no está al servicio del deseo, de la investigación, de la curiosidad del querer saber más acerca de una realidad quieta y a veces agobiante, en especial en épocas difíciles por lo económico o por el entramado social que nos rodea, seguro que se caerá en lo facilongo de las redes, del chisme sin sustento, de lo cambiante de la moda y lo más terrible cada vez se estará más cerca de desear un mundo fantástico y fastuoso.
Así la fantasía se buscará en el cuerpo, en la sensación que nos proveen el alcohol las drogas varias y que hasta los adultos sin lectura entran en esa fantasía pasatista que lo único que hace dejar un inmenso vacío y la conducción a la cancelación del “deseo” de saber más, de querer más, de investigar, de sorprenderse.
Porque todo esto hace la lectura: activar un deseo, algo que si bien, nunca se alcanza pone en movimiento las cuerdas de una pregunta y no la cristalización del “ego” ese apego a lo fácil.
Nos dice MatthieuRicard: “lo que se opone directamente al altruismo es el egocentrismo. En primer lugar intentaremos identificar la naturaleza y las manifestaciones de ese “egocentrismo” e ir hasta las fuentes. De la formación del concepto de “ego” y del apego que le tenemos. A medida que el egocentrismo va cavando un foso entre uno mismo y el otro, la noción de pertenencia a un grupo particular, familia, religión, pueblo, ciudad, club social se va perdiendo en detrimento de la solidaridad y del valor concedido al otro.
Ese ego crece a tal punto que en algún momento necesita morir porque ya no puede desear. Discriminar para inflarlo hasta el final.
Y el final, lo vemos a diario, es una merma de empatía y altruismo.
Es violencia.