En el libro del Eclesiastés leemos: “hay un tiempo para cada cosa y un momento para hacerla bajo el cielo”. Escrito tres siglos antes de Cristo, los expertos nos dicen que la intención del autor era inducir al pueblo a vivir plenamente cada momento y solucionar los problemas que se van presentando más que vivir pasivamente o perderse en un mundo de ilusiones.
Era contraponer el sentido griego del eterno retorno que en ese tiempo estaba asomando al mundo judío. Al respecto, Martin Buber comenta que es preciso comprometer a todo el ser, nada debe quedar afuera.
Me encuentro con la primera entrevista periodísticamente que Tomas Rottemberg concede, en este caso a Alejandro Cruz. Allí dice: necesitaba sentir que era a partir de un terreno conquistado por mi”. Percibo que lo que he dado en llamar “la ética rottembergiana” va mucho más allá de una afirmación teórica: es una forma de vida. Sobre todo, en un mundo que, al decir del papa Francisco, “nos expone a un zapping constante con el peligro de convertirnos en marionetas a merced de las tendencias del momento”.
Confieso que me gustaría transcribir esa nota en su totalidad porque es un potente testimonio de quien ha hecho su debut integral con la obra “la mujer de al lado” que también marca la incursión en teatro de quienes dirigieron, sobre todo, la película “El hombre de al lado”, Mariano Cohn y Gastón Buprat.
Mi propio camino
Una primera vez de Tomas precedida por la experiencia de aquel chico que quiso ser boletero en el teatro Corrientes de Mar del Plata “para liberarse del aburrimiento playero” y que también, terminado el secundario busco comenzar una carrera universitaria que no fuera obstáculo para continuar con el teatro mas, todavía, con diez años en su haber de trabajo como administrador de las salas familiares tanto en Buenos Aires como en Mar del Plata. Dice “porque mi ADN es el teatro”.
Ha comprobado algo que su padre había escrito en su libro “No hay mas localidades”: “el teatro es diferente, es vivo, acá, hoy y ahora”. Es decir que “no tiene necesidad ni obligación sino un gran deseo de hacerlo”. “El teatro lo invade desde siempre”. Se encuentran en el tercer piso del Multiteatro COMAFI. Arriba esta el despacho del padre. Se destaca la foto de su padre por un lado y por el otro la de su hermano, Nicolás, de tres años.
Los cuadros de su madre, la incomparable Linda Péretz, a quien no podemos dejar de asociar a la Flaca Escopeta y recordar que Tomas, como todo chico, un día al verla en el escenario le grito: “¡esa es mi mama!”. “No es ni saltar ni pasar esa vara pero afirmarme en mi propio camino”. Ecos del Eclesiastés. Confiesa que sufre un poco la exposición pública pero tal vez no me pasa lo mismo si considera “que es el lugar oportuno, la forma oportuna” como le ocurrió cuando tuvo que recibir una distinción de A.C.E.
Invadido por el teatro
Leyendo esto no pude menos de acordarme lo que su padre me decía en 2001 cuando, en nombre del obispo de Mar del plata, le ofrecí la distinción que se le pensaba entregar en el marco de los Encuentros de la Iglesia con el mundo del teatro. Entre otras razones para rechazar el homenaje me dijo: “no sé hablar en público”.
Gracias a Dios conseguí que accediera y varios años después, el 10 de diciembre de 2004 cuando inauguro el teatro Mar del Plata en la avenida Luro nos regalo lo que bien podría ser un unipersonal con la soltura y la espontaneidad que lo acompañan siempre. Innumerables veces Rottemberg ha estado presente en esta columna y todo me confirman en lo que dijo en 14 de enero de 2015 cuando en el teatro Colon se presento el libro de Carlos Ulanovsky y Hugo Paredero. “Vivir entre butacas”.
Ahora leyendo lo que dijo Tomas vuelvo al pensamiento del papa Francisco. Dice que “los mentores no son lo que nos mueven a ser seguidores pasivos si no lo que nos hacen caminar a su lado alegrándose de nuestro propio camino”. “Para hacer teatro hay que querer al teatro” es la consigna que recibimos ahora de Tomas.
La palabra “atravesar” que aparece en este reportaje es toda una exigencia que supera modelos de vida triviales y efímeros. Y asegura, no solo por los lazos de la sangre, la continuidad de una tarea. Allí están Tomas y, no solo para cubrir el cupo femenino, también Matilda que podrán tener la experiencia de que hay un tiempo y un momento para cada cosa.