Lic. Alicia Digón
Al llegar a Miramar por primera vez uno siente, al menos a mí me pasó, y también a algunas personas con las que he hablado, decía que ni bien se va ingresando a la ciudad uno siente una sensación de paz.
La paz de esos pueblos en que sus habitantes están armónicos. Disienten. Pueden discutir alguna idea pero están en la misma sintonía. No hablemos de Mar del Sur.
Ese capítulo lo vamos a dejar para una pionera del tema, gran escritora, poeta, y persona de la cultura de ese mar indómito, a veces un poco frío, otras abrazador y compadre tal como es el agua que rodea una ciudad.
Hablo de Mónica Aramendi, de quien, cuando toquemos el tema de lo literario, de lo creativo hablaremos de ella y de otras figuras representativas del lugar. Por algo la revista Guka tiene allí, digamos como su sub sede.
Su rincón esperado año a año, por ello en la Biblioteca Nacional se le hace un espacio tan especial a quienes llegan de Miramar. Porque es el lugar en el mundo de escritores que han presentado sus primeras obras en la Biblioteca Municipal, tantas veces cedida con especial amabilidad e interés.
Tantas veces recorridas por capitalinos, ansiosos de esa paz raramente encontrada.
Pero habíamos quedado en un tema especialísimo que no se agotará en una nota y que nos abarcará un tiempo en desarrollar. ¿Qué decimos cuando decimos la Sombra y la Luz? En un primer acercamiento pareciera que vamos a una dicotomía. A algo que se contrapone, a principios contrarios y no.
Todos somos una mezcla de sombra y de luz. Dominados por una pereza malévola, es sin duda más fácil renunciar a volverse mejor que reconocer la existencia de la bondad humana y esforzarse por cultivarla.
Por eso cuando se es testigo de esa bondad, vale más inspirarse en ella que denigrarla y hacer lo posible por darle más cabida en nuestra existencia.
En el recorrido de acontecimientos actuales vemos con pudor que es difícil en estos tiempos deshacerse del cinismo, y lo digo así, al desnudo.
Pero hay situaciones, personas, hechos, que asombran.
Alguien se habrá preguntado qué pasa con esta señora que hablando de La Sombra y la luz, comienza su escrito sobre la ciudad de Miramar y la conmoción que produce al ingresar a ella.
Si, tuve en forma personal la oportunidad de una noche de urgencia en la que, sus habitantes, prontamente, actuaron en una situación de emergencia y no sabíamos cómo y de qué modo en la oscuridad habían observado el desamparo de una persona en una caída. Surgió entre las sombras una silla.
Surgió un grupo de gente muy joven colaborando en la situación. Surgió una patrulla solícita. Una ambulancia en pocos minutos. Un hospital casi con un guardapolvo humano y un grupo de gente del lugar que no sólo atendieron la emergencia sino a los familiares desconcertados por la inmediatez del accidente.
Recordé en ese momento al padre Ceyrac, que, durante sesenta años se ocupó de treinta mil niños desfavorecidos en el sur de la India que dijo un día.
Entre tanta convulsión que se avecina la bondad de la gente, incluso de las que parecen tener el corazón y el ojo cerrados, esa bondad está allí. Hay que fomentarla.
Llegué a conocer al Argentino de casualidad, y la calidez y bondad de su gente me lleva semana a semana en desarrollar lo que durante tantos años fui modelando: la capacidad de dar.
Insisto, Miramar tiene esa calidez de vecino presto. Esa ductilidad de la feria que año a año espera al turista para mostrarle lo artesanal de una población con mar. De una población con alma. Y estas notas producto de años de trabajo son el solaz que semana a semana me lleva a desear ese diciembre que no dejo pasar para ver otra vez ese mar untuoso, esa gente sencilla y que cobija a quien se acerca a vacacionar, o bien a visitar la arboleda antigua de los sueños y el tiempo en movimiento en sus ramas.
Hasta la próxima nota y que los carnavales Miramarenses sean siempre la carpa cultural que nos sorprende. Es difícil encontrar un pueblo con mar.
Link: aliciadigon@gmail.com