Por: Lic. Alicia Digón
Pero no vamos a hablar de “la adolescencia”, es mejor remitirnos a “las adolescencias” inmersas en épocas que la contienen las sostienen, las configuran y las “desfiguran”.
A ser un adolescente se llega luego de pasar por una historia, o “por historias”. ¿Qué significa esto? Nada más y nada menos que una historia que la configuran los adultos o aquellos que siempre estuvieron en un contacto más o menos estrecho y fueron eso:
configurando a ese niño o niña que ahora creció y que “devuelve” situaciones a veces insólitas, risueñas, o en el peor de los casos, catastróficas.
¿Cuántos padres concurren a las consultas con sus jóvenes niños apenas, (no uso por comodidad el lenguaje inclusivo, lo cual no quiere decir que me moleste escucharlo ni que lo censure).
Ya tenemos aquí el primer motivo de molestia en los adultos.
El lenguaje.
Es quien empieza a detonar en una familia.
Una jerga incomprensible que se apodera del hogar y lo configura lo desfigura y lo sobresalta.
El niño o la niña que hasta ayer nos parecía obediente y que a veces, apenas comprendemos.
Uno de los significados es este justamente: a través de la lengua empieza la prueba en el hogar.
Padres muy tradicionales se preguntan, o se preguntarán qué hicieron para que su hijo se manifieste de ese modo revolucionando ese nido que parecía de paz, silencio y obediencia.
Surge la adolescencia y una de las primeras pruebas que se utiliza es la herramienta de la lengua. La lengua se pone a prueba frente a los padres como una espada esgrimida para ver cómo el otro reacciona.
Y ahí empiezan las angustias, las preguntas y también los reproches.
¿Qué hice yo de malo para que mi hija/o hable de ese modo? ¿Qué hicimos? Estas preguntas son la oblicua por donde se equivoca la entrada o la salida.
¿No es mejor preguntar con buenos modales cómo es esto del cambio a nuestro propio hijo/a?
¿No es esto equivalente a nuestra propia rebeldía adolescente que, si bien no recordamos, algo de esto tuvimos que ver cuándo sin quererlo, o mejor dicho queriendo nos olvidábamos de un pedido de nuestros padres para hacer algo una alguna otra cosa que nos deparaba mayor placer?
¿No tuvimos rebeldías en ese olvido “inesperado”?
¿No nos causaba angustia cumplir siempre el “deseo del otro” en cambio de realizar el propio?
Si todo esto no lo planteamos con verdadera sinceridad no conviene decir “los adolescentes t ata t ata ta”
¿Por qué? Porque somos unos hipócritas. Y si no, lo que es peor pero más suave. Nos escondemos la realidad para no “recordar” y si decimos, “si yo le contestaba así a mi padre o a mi madre”… no lo decimos realmente sino que simulamos una realidad que en serio, si es que hablamos en serio, nos angustiaba.
Cada época tiene su color, su sabor, sus mentiras, sus rebeliones, sus decadencias, sus valores, y también sus disimulos. Basta con ser sinceros como padres con uno mismo y hablar con el/la compañera y entrar en razones antes de increpar al joven o la joven que rompió sus jeans “caros” y los desflecó adrede.
Sí, debemos preocuparnos más por el entorno y desde un principio y desde los mandatos sociales: el uso del alcohol como prueba de adultez.
Es éste un punto a tener en cuenta desde la crianza.
Desde el hogar y la niñez.
El lugar del alcohol tiene un valor esencial en el ojo de los padres y tienen que ser ellos los primeros en ponerlo en juicio a partir no sólo de las costumbres familiares, sino también de las familias que van a estar en contacto con nuestros hijos.
Dedicar horas a charlas frontales y muy planas.
¿Qué significa “planas”? no de igual a igual porque somos “sus” adultos, pero sí desde una franqueza diría casi territorial. Recordar “nuestra” adolescencia, evaluarla, si es necesario pedir ayuda a un profesional serio que nos oriente en principio a nosotros.
Hoy día la plaga es el alcohol. Y ellos son los pollitos que pican. Deja grandes dividendos. Adultos inescrupulosos incitan al trago, a “la previa”, incluso padres que prestan su casa para ello, y esto sí es lo grave.
Aquí sí, debemos ponernos en guardia y con suma conciencia y seriedad. Nunca de forma brusca o agresiva.
No nos olvidemos que el adolescente no sólo es un producto de la familia sino también de un contexto socioeconómico y que la crueldad en las clases medias altas y acomodadas no se diferencia demasiado de cualquier otra clase social aún de aquellas que pensamos que están al margen.
Por debajo quizá la cerveza, por el medio y por arriba los famosos y tan difundidos “tragos”, y por todos lados seamos claros y no seamos hipócritas está la “piolada” de yo bebo porque no me hace nada.
Hay un mandato social irrecuperable: el alcohol.
Cuidado con esto. Quizá el lenguaje sea un pedido de auxilio y ante un pedido de este tenor, nada peor que soltar la mano.
La violencia no sirve ya lo sabemos.
La palabra que esclarece es de otro tenor. Tampoco el tan mentado, “hay que hablar con ellos”. No. Empecemos por la más tierna infancia. Sigamos por nuestros sistema de valores y luego veamos que, aunque parezcamos perfectos, no lo somos. En algún lado siempre se nos escapa la perdicita.
Hasta la próxima y mucho me gustaría que el tema ahora lo propongan ustedes.