PADRE HUGO SEGOVIA
Muchas veces he recordado algo que sucedió en el tiempo del Seminario de La Plata.
Teníamos un compañero que hablaba poco pero cuando lo hacía ponía el dedo en la llaga.
Era de origen italiano y le decíamos “El Tano” y, además, el que “non parla, ma”…..
Un profesor, al cual llamábamos “el viejo” no tanto porque lo fuera sino porque lo parecía y el desplante juvenil afloraba, faltó durante varios días a clase. A volver nos comentó que su ausencia había sido causada por un viaje a su pueblo natal donde participó de un homenaje a una maestra suya que cumplía un aniversario.
El compañero de la historia se quedó admirado y le dijo al profesor “¿y todavía vive?” a lo cual el profesor contestó: “¿acoso soy tan viejo?” provocando la risa de todo el curso.
Es un poco lo que se viene a la mente en estos días de mi cumpleaños, casi como si me costara decir que es el noventa….
Otro recuerdo aflora también. Mis primeros pasos como profesor, que fue mi vocación de toda la vida, los di en el Seminario de Bahía Blanca. Allí, un día me preguntaron por un escritor que estaba de moda. Les dije: “es joven, tiene 15 años”. Los chicos se miraron asombrados y me dijeron “¿joven?”. Se me viene el mundo abajo porque entonces yo tenía poco menos de esa edad.
AFRONTAR EL AQUÍ Y EL AHORA
No me olvido tampoco de mis años Miramarenses y como en ellos muchas veces escuchaba cantar aquello de Violeta Parra que era muy popular. “Volver a los 17”. Pero también “Gracias a la vida” que la voz insigne de Mercedes Sosa nos convocaba a celebrar, también con la pena por no encontrar en ella alguna referencia al autor de la vida.
También de Miramar recuerdo la celebración de la misa de los 15 años que se hacía todos los años y en la que siempre les decía a las chicas que tenían que ubicar su fecha de nacimiento con la historia, los hechos, las canciones, las modas, las películas. No hay que separar la historia personal de la historia de nuestro pueblo y de nuestro tiempo.
Resonaba en mí el dolor de una maestra que, cuando cayó París en la guerra mundial, entro al aula llorando; “¡cayó París!”.
Después un obispo que fue maestro me enseñó: “ser fieles a nuestra hora es vivir el presente con sentido crítico y afrontar el aquí y el ahora con generosidad y magnitud de descubrir, amar y vivir intensamente esta hora porque es el único capítulo de la historia de la salvación que nos toca escribir a nosotros; penetrar evangélicamente en los signos de los tiempos, escuchar al Espíritu Santo que nos habla en el silencio interior, en la Palabra revelada, en los acontecimientos de la historia, en el rostro de cada hombre y en las expectativas y aspiraciones de los pueblos y, en fin, dar todo al Señor que vive en esta Iglesia concreta, glorificando al Padre y sirviendo a los hombres”.
AL PADRE Y A LOS HERMANOS
Yo nací el 5 de abril de 1931. Era domingo de Pascua y ese día los obispos argentinos habían dado inicio a la Acción Católica Argentina.
En la provincia de Buenos Aires se realizaron las elecciones que definen toda una época: fueron anuladas por el gobierno que había depuesto a Hipólito Irigoyen, siete meses antes.
En España, nueve días después, se producía la caída de la monarquía que tuvo mucho que ver en mi familia, sobre todo en mi abuelo materno. Mucho en mi vida ha tenido que ver con él, cuando su hermana, la tía Aurora, se enteró de mi ingreso al Seminario me dijo: “tu abuelo (falleció cuando yo tenía seis años) no estaría muy conforme pero sí quieres ser cura, se un cura del pueblo”. En Punta Alta me decían que me parecía mucho a mi abuelo.
Quiero, en fin, dar gracias a Dios porque junto con todos los que me acompañan y corrigen, me alientan y me expanden, me embellecen y me enseñan,” todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos y todavía esperamos”.