Cantaba Joan Manuel Serrat: “Yo que la piel/tengo el sabor/amargo del llanto entero/ que han vestido en ti/ cien pueblos/ de Algeciras a Estambul para que pintes de azul tus largas noches de invierno”. Setenta obispos, setenta jóvenes católicos, judíos y musulmanes y representantes de veinticinco países estuvieron reunidos en Marsella en los días finales de septiembre.
Se trataba del tercer encuentro del Mediterráneo que ya había tenido lugar en Bari y en Florencia.
Tenía además una presencia singular pues el papa Francisco había decidido viajar a la segunda ciudad de Francia para hacer oír la voz de la Iglesia frente a uno de los dramas de los tiempos, el de la migración.
No una visita de Estado pero sí, una de las que seguramente el Papa no quería eximirse.
Así lo deducimos porque el cardenal Jean Marc Aveline, arzobispo de Marsella le había dicho que “no podía impedirle a Francia acompañarlo en sus plegarias.
Si bien se quería llevar a cabo este encuentro fuera de Europa, tanto Argel como Beirut presentaron dificultades de organización, Marsella fue el lugar elegido para que el Papa Francisco se hiciera presente en una visita breve pero que se inscribe entre los lugares de su magisterio que había tenido aquella incursión que, en los primeros meses de su pontificado, iba como a marcar con rasgos indelebles estos que podemos llamar “los tiempos de Bergoglio”: su viaje a Lampedusa.
EL TRAGICO RECHAZO DE LA VIDA
No se trató de una visita de Estado pero movilizó a la ciudad lo que dio pie a que el arzobispo dijera que el Papa “no viene a Marsella para que lo veamos sino para que, con él, miremos al Mediterráneo”.
Con todo hubo un festival con concierte, exposiciones, visitas a lugares de culta y espectáculos teatrales y la participación del presidente de Francia Emmanuel Macron y su esposa que cálidamente recibieron al Papa y con quien tuvo un coloquio de indudable transcendencia frente a los graves problemas que afectan a la humanidad.
Precisamente la presencia del presidente en la misa que el Papa presidió en el estadio Velodrome de Marsella que, además, había sido objetada por algunos grupos que decían violaba la laicidad del país fue muy categórico al decir que “la secularización mundana y una cierta indiferencia religiosa debían ser denunciadas porque provocan corazones fríos instalados en la vida tranquila que se blinda en la indiferencia y se vuelve impermeable, se endurece, insensible a todo y al mundo, incluso al trágico rechazo de la vida humana que hoy se niega a tantas personas que emigran”. Aquí aludía a temas que están siendo motivo de debate no solo en Francia: ese “trágico rechazo” alude a cantidad de niños que aún no han nacido y a muchos ancianos que son abandonados”.
Había llegado el Papa al estadio en el papa móvil recibido por cincuenta mil personas y saludado con fervor por la avenida del Prado que recorrió y saludó, sonriente, en francés.
Así como había hablado del gran cementerio en que se había convertido el Mediterráneo había hablado en el seno del Encuentro reiteró que los migrantes no nos invaden sino que buscan hospitalidad.
MIGRAR NO ES INVADIR
Como ha terminado siendo una de las frases más repetidas del Papa y que lamentablemente corren el riesgo de ser solo eslogan repitió el grito del dolor que convirtió el “Mare Nostrum” como se llamaba al Mediterráneo, en “Mare Nostrum” es decir “Mar de los muertos: “Cuna de la civilización se ha convertido en tumba de la dignidad por los gritos apagados de nuestros hermanos y hermanas inmigrantes”.
Destacan las crónicas que el diálogo con Macron se realizó en el palacio del Faro construido en las alturas del Viejo Puerto de la ciudad por Napoleón III y que desde allí se goza de una vista muy sugerente de la ciudad que fue construido en el siglo VI y que desde hace quinientos años no era visitada por un Papa.
Allí repasaron durante dos horas la geografía de los tiempos con preferencia indudable pasaron por Ucrania al cual en la conferencia de prensa con los comunicadores en el viaje de vuelta a Roma, volvió a llamar “pueblo mártir” y reclamó “no jugar con ese martirio”.
Volvemos a Serrat y terminamos resumiendo el camino “de Algeciras a Estambul” en este peregrinaje fraternal.