“Abel Santa Cruz amaba profundamente a nuestra ciudad”

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El teatro “Abel Santa Cruz” cumplió 20 años, por ese motivo nos comunicamos con el reconocido escritor e historiador miramarense, Mario Gallina, quien nos relató cómo fue la elección del nombre que lo identificaría y qué significo “Abel Santa Cruz” para el espectáculo de nuestro país.

-Se cumplieron veinte años de la inauguración del Teatro Municipal Abel Santa Cruz. Después de una reunión con Marcelo Honores, Intendente de General Alvarado en ese entonces, surgió el nombre que lo identificaría. ¿Cómo viviste la responsabilidad de elegirlo?

Con alegría y emoción. Al principio me pregunté de qué querría hablar conmigo el Intendente porque no era habitual que me invitara a su despacho. Pero cuando me dio la noticia de que Miramar tendría su sala, me entusiasmé enormemente. En principio me dijo que sería un Auditorium. Pero en una próxima vez que nos encontramos, le conté que había hablado con amigos del Teatro Auditorium, de Mar del Plata y que me habían comentado que transmitiera la idea de que se lo denominara Teatro e hicieran al menos dos camarines, porque, aunque las dimensiones del escenario, especialmente la altura, no era indicada para ballet, por ejemplo, podría ser perfectamente apto para representar obras o shows musicales.
El primer día en que hablamos del tema, Honores me pidió que le sugiriera un nombre. En ese momento yo estaba por presentar un nuevo libro: la biografía Osvaldo Miranda. El Comediante. Pensé en eso y le di ese nombre. Inmediatamente, me preguntó: “¿Y qué tiene que ver Miranda con Miramar?, ¿Hay algún lazo de unión?”. Le respondí que ninguno, pero que tal vez fuera simpático homenajearlo y pedirle que apadrinara la sala.
El Intendente desechó la idea y se mostró partidario de que fuera alguien vinculado a nuestra ciudad. Tenía muy en claro eso. Quedamos en que yo lo pensara y lo tuviera al tanto.
Almorzando ese día con María Inés, mi esposa, le comenté la novedad y ella, en seguida, deslizó el nombre: “¿Quién vino a veranear durante más de 40 años ininterrumpidos a Miramar? ¡Abel Santa Cruz! Vos lo sabés muy bien”. Efectivamente, yo registraba desde mi infancia la estadía del autor, todos los años, en el Hotel San Remo, por aquella época, perteneciente a mi familia paterna.
Todavía está de pie -aunque inactivo- en la esquina de 24 y 19. Recuerdo que, en cada temporada, mi padre le preguntaba: “¿Y ahora qué está escribiendo, Sr. Santa Cruz?”. E invariablemente, el autor le respondía: “Entre otras cosas, una comedia para Lolita Torres”. Ahora que lo pienso, no deja de ser una hermosa coincidencia que el autor y la intérprete de grandes éxitos, fueran consecuentes visitantes de nuestra ciudad, porque Lolita también eligió Miramar durante varios años. A su muerte, propuse que el Anfiteatro de la Plaza (21 y 24), que estaba innominado, no homenajeaba a nadie, llevara el nombre de Lolita Torres. Eso ocurrió durante la gestión de Tomás Hogan.
Santa Cruz amaba profundamente a nuestra ciudad y hay dos anécdotas que pintan el hecho. Su viuda, la actriz Eve Ziegler, que a la muerte de Abel se radicó muchos años aquí, solía contarme que en la época de la llamada “plata dulce” le planteó a su marido la posibilidad de ir aunque sea una semana a otro destino. A regañadientes él aceptó y viajaron a Lake Tahoe (EE.UU.). Exactamente a los siete días de instalarse allí, Santa Cruz la sorprendió una mañana con un: “Bueno, ya está. Ya estuvimos en otro lugar. Ahora podemos ir a Miramar”. Y vinieron, claro.
El otro episodio que confirma la afición de Santa Cruz por nuestra ciudad, me lo relató Osvaldo Miranda. Siempre que se aproximaba el verano, se cruzaban en algún teatro o en algún canal de TV y se repetía el mismo diálogo: Miranda le preguntaba: “¿Adónde vas a pasar tus vacaciones?” Abel respondía: “A Miramar. ¿Y vos?”. A lo que Osvaldo decía: “A Mar del Plata”. Y Santa Cruz remataba: “Pero… ¡vos lo único que hacés es cambiar de cansancio!”.

¿Qué crees que le aportó Abel Santa Cruz al espectáculo argentino?

Santa Cruz fue una figura insoslayable del teatro, el cine, la radio y la televisión. Ningún medio le fue ajeno por espacio de cincuenta y seis años. Aquilataba una sólida formación cultural. Se recibió de maestro en el Colegio Mariano Acosta y mientras ejerció el magisterio (entre 1932 y 1940) en una escuelita de Villa Devoto, estudió en la Facultad de Filosofía y Letras, de donde egresó con Medalla de Oro. A pesar de esa distinción, abandonó la actividad docente para insertarse en la fuerte vocación que le inspiraba el mundo del espectáculo. Setenta películas, sesenta y dos estrenos teatrales y centenares de programas de radio y televisión, jalonaron su trayectoria, ligada a títulos que aún hoy, siguen movilizando la memoria emotiva del público.
Desde muy joven ejerció el periodismo y escribió -con el seudónimo de Dr. Lépido Frías- durante treinta años para la legendaria revista Patoruzú. Inserto en la radiotelefonía desde 1939, siete años más tarde obtuvo su primer gran éxito en ese medio con ¡Qué vida ésta, Señor…!, suceso al que siguió ¡Qué pareja!, que se mantuvo veinte temporadas en el aire.
Su punto de partida como guionista cinematográfico se produjo en 1940 y años más tarde, junto al realizador Julio Saraceni, fue un factor fundamental para ayudar a consolidar el rutilante estrellato de Lolita Torres, con libros que, al decir del historiador Domingo Di Núbila “además de imaginativos eran psicológicamente argentinos”, tales como La mejor del colegio (1953); La edad del amor (1954); Más pobre que una laucha y Un novio para Laura (1955); La hermosa mentira (1958); La maestra enamorada (1961); Cuarenta años de novios, Allá en el Norte (1973).
Previamente adaptada, buena parte de su producción televisiva -medio en el que fue pionero-, alcanzó proyección internacional al ser requerida desde Chile, Perú, Colombia, Ecuador, Venezuela, México, países de Centro América y en el área hablada en español de los Estados Unidos. Algunos de sus títulos más populares fueron: Dr. Cándido Pérez, señoras, con Juan Carlos Thorry, Jacinta Pichimahuida (conocida en algunas versiones como Señorita maestra), con Evangelina Salazar, María de los Ángeles Medrano, María del Carmen Valenzuela y Cristina Lemercier, sucesivamente); El hombre que volvió de la muerte, con Narciso Ibáñez Menta; La pulpera de Santa Lucía, con María Aurelia Bisutti y Oscar Ferrigno; Me llaman Gorrión, con Beatriz Taibo; Papá Corazón y Andrea Celeste, con Andrea del Boca y El Rafa, con Alberto de Mendoza, Alicia Bruzzo y Carlos Andrés Calvo.
En 1942, Tita Merello le estrenó su primera obra de teatro. En este terreno, sus labores más celebradas fueron Los ojos llenos de amor, lograda comedia con exactas dosis de humor y romanticismo (Cía. Ángel Magaña-Nelly Meden, 1952) y Las mariposas no cumplen años (Cía. Roberto Escalada-Elcira Olivera Garcés-Alberto Bello, 1957), pieza que, siguiendo la línea del comediógrafo Alejandro Casona, entrecruzó el ensueño poético con el realismo impresionista (Premio Enrique García Velloso). Nombro esas solas porque, como ya dije, su producción supera los sesenta títulos. No nos alcanzaría esta edición del semanario El Argentino.

-¿Qué pensas respecto de la significación del Teatro Municipal Abel Santa Cruz en Miramar?

La inauguración de un teatro es siempre un hecho de gran relevancia cultural, no ya sólo para una ciudad sino para un país. No se inauguran teatros todos los días en la Argentina.
Una sala teatral es un lugar de expresión, de pensamientos, de alegría, de reflexión, de estímulo a la imaginación. Por eso creo que el hecho de su creación ya figura en los anales de la historia de Miramar.
Para mí, en lo personal, el festejo es doble: lo vi nacer y ahora asisto a su cumpleaños número 20.
Eso significa que, a través de todo este tiempo, fue sostenido por las autoridades que pasaron por la comuna, por los artistas en general y por el público.
En la forma de un teatro -recinto que tiene algo de sagrado por lo que conlleva de manifestación artística- Miramar le dio la bienvenida simbólica a Abel Santa Cruz para que se quede definitivamente con nosotros y si es posible, vigilando que se cumpla un axioma que a él le gustaba tener siempre presente y cumplir en forma indefectible.
Es el que dice: “El teatro tiene una serie de pecados veniales. El único pecado mortal es el aburrimiento”.