El corazón habla al corazón

Presbitero Hugo Walter Segovia

Cuando el papa Gregorio VII envió a los misioneros a evangelizar a Inglaterra se dice que al verlos, les pregunto de donde eran y le contestaron que ingleses, el les contesto: “no ingleses, sino ángeles”. En latín: “non ingle sed angelé”. Tal vez también por eso, pero más todavía por el florecimiento allí de la vida monástica se la llamo “la isla de los santos”.

Hubo una comunión muy fuerte entre Roma e Inglaterra. Por eso mismo cuando, en el siglo XVI, se rompió esa comunión y surgió la iglesia anglicana, no es exagerado decir que la nostalgia tuvo su lugar. Recuerdo, años atrás, cuando en la iglesia de San Ponciano de La Plata los universitarios católicos participaban de una misa gregoriana, los domingos un sacerdote anglicano era uno de los infaltables.

Años antes el padre Segura, que era el asesor, había publicado un libro sobre el movimiento de Oxford. Sin duda que el periodista que habla de Roma diciendo que “el que viene de lejos a Roma será tocado por el misterio del tiempo y que, a la vez, el tiempo es el verdadero misterio de su inagotable belleza”.

Una ruidosa conversión.
Antes de su conversión, John Henry Newman era un eximio profesor y predicador anglicano. En 1845 se produjo el hecho que conmovió a Inglaterra. Antes de ello Newman había escrito: “¿que puedo decir de Roma sino que es la primera entre las ciudades y que todo lo que he escrito hasta ahora es solo polvo, aun mi amada Oxford, comparado con su iglesia y majestad? ¿Como llamarte: luz del mundo o sede del error atroz?”.

Su conversión era el fruto de un largo camino de búsqueda intelectual que le pediría su gran coraje para reconocer que la apostolicidad se daba históricamente en la iglesia de Roma, la única en ser fiel a la doctrina de los apóstoles. En 1847 fue ordenado en la congregación del oratorio de san Felipe Neri y fue párroco de la iglesia universitaria de Santa María y artífice de la universidad católica de Dublín en un trabajo también arduo por la búsqueda de armonía entre la fe y la razón. Respecto de todo ello dirá: “cuando el señor subió a los cielos dejo su representante en la tierra.

Esta es la Santa iglesia, su Cuerpo y Esposa, su institución divina, el santuario y el órgano del espíritu santo que habla, a través de él, hasta que llegue el fin”. Es de imaginar el revuelo que produjo esa conversión que no solo le costó la condena de los anglicanos sino también las sospechas de los católicos, a quienes, además, les parecía sospechoso de liberalismo ideológico. En 1850, después de tres siglos, el papa Pio IX restauro la jerarquía católica en la isla. Se llamo a este acontecimiento “la segunda primavera”. Newman continuo su trabajo intelectual y sus obras abrieron ineludibles caminos, que de muchas maneras prepararon el Concilio Vaticano II, siendo èl pionero importante del I.

No es exagerado decir que el devolvió a la iglesia el humor ingles como lo prueba, entre tantos otros ejemplos, lo que en 1869, afirmo: la primicia de la conciencia: “en la hipótesis de conflicto brindaría primero por la conciencia y recién después por el papa”.

El pensamiento y el corazón
En 1879 el papa León XIII lo nombro cardenal. Murió en 1891 y fue beatificado por Benedicto XVI en el marco de su visita a Inglaterra (2010). Ahora canonizado el 13 de octubre. “La novedad de hoy será la tradición de mañana” afirmo y ojala sea tenido en cuenta por los que se alarman por actitudes y afirmaciones de la iglesia actual.

No hay que ignorar la devoción de Pablo VI hacia Newman a quien conoció en su juventud a través de uno de sus maestros, el padre Giulio Bevilacqua, miembro de la congregación del oratorio, quien honro con un cardenalato parecido al del gran Newman. Su lema cardenalicio refleja lo más profundo de su personalidad y, en homenaje a esta canonización, recurrimos a lo que Juan Pablo II les decía, en 1982, a los teólogos en Salamanca: “sepan que yo he sido también hombre de estudio y universidad; comprendo las dificultades y exigencias enormes de ese trabajo.

Tarea callada y abnegada que pide no caer en la rutina de la repetición. Sepan ser creativos para lo cual tienen que estar a la vanguardia de las cuestiones actuales. Hagan teología con el rigor del pensamiento y con la actitud de un corazón apasionado por Cristo, por la iglesia y la humanidad. «La misión de ustedes en la Iglesia es tan ardua como importante. Vale la pena dedicarle la vida entera”.