En aquellos terribles años cuando todo parecía ser noche, un texto de monseñor Eduardo Pironio nos abría a la esperanza.
Ya su título era elocuente, “meditación para tiempos difíciles”.
El había entrado a formar parte del mundo de la Curia romana. El Papa Pablo VI había llamado a trabajar con él en la Curia Romana, a hombres de distintos lugares para darle lo que el Concilio había reclamado: una universalidad real.
Así él fue llamado a ser el Prefecto de la entonces Congregación para los Religiosos.
Es indudable que esa elección fue hecha por el Papa después de haber conocido al obispo de Mar del Plata sobre todo en Bogotá cuando se llevó a cabo la II Conferencia General del episcopado latino americano de que el obispo argentino era no solo secretario sino alma mater.
Sin duda que esa elección tuvo como causa inmediata la persecución que, en su diócesis, se había instalado y que hacía peligrar su vida.
Grande fue el dolor de su pueblo y él sintió, como él sabía experimentar las realidades, partida a la cual comparó con la figura de Abraham: Mar del Plata era Isaac del cual debía desprenderse.
Así lo hizo y así lo sintió porque además se consideraba un pastor sin ovejas aunque, con dolor, quería ser útil al llamado del Papa sabiendo que donde está Pedro está la Iglesia.
Esto ocurrió en 1975 y es así como se despidió de la Argentina pero como queriendo llevárselo en el corazón pues lo hizo desde Luján allí donde había sido consagrado sacerdote y obispo.
LEGADO MARPLATENSE
Lo mismo ocurrió con esa imagen de la costa de la ciudad que lo acompañó aun en su lugar de trabajo, sobre todo en San Calixto, a las puertas del Trastevere.
Mar del Plata había recibido allí el año 1974 cuando cumplía su centenario, algo así como un programa espiritual que enriquecía a la ciudad porque partía de su origen y la proyectaba para el futuro.
Decía: “como el mar profundo, fuerte y sin horizontes, profunda en la meditación, fuerte en la esperanza, abierta a todo el mundo”.
Allí se encuentra el estilo del cardenal que tenía como fuente la Sagrada Escritura casi exclusivamente a pesar de ser un hombre muy conocedor de la literatura y de los grandes doctores del pensamiento.
Además es de destacar que el entretejido de textos bíblicos es continuamente dejado a quienes los recibían para lograr una contemplación de Cristo no repetitiva ni monótona sino personal y creativa como su mismo lema episcopal señalaba, “Cristo en ustedes, esperanza de la gloria”.
Así en su estilo primaba el deseo, por no decir el carisma, de que hubiese una toma de posesión de la Palabra de acuerdo con aquella expresión clásica de que la fe se traduzca en la oración y de allí derive a la vida.
SU VOZ INCONFUNDIBLE
Así como la lectura y la reflexión de aquella “Meditación para tiempo difíciles en aquel 1976 iluminaba la oscuridad de la noche en que vivíamos, muchos otros textos suyos fueron marcando los caminos de su vida, su trabajo pastoral como sacerdote en Mercedes, en el seminario de Villa Devoto, como auxiliar de La Plata, como secretario y presidente del CELAM, como obispo de Mar del Plata, como prefecto del organismo vaticano de los religiosos tanto como en el departamento de los laicos.
De ese importante aporte no es fácil destacar algún aporte aunque sí sería oportuna una adecuada antología.
Podríamos citar su participación en la Conferencia episcopal de Medellín, “Interpretación de los signos de los tiempos en América Latina” así como en el Sínodo de los obispos de 1974 en el cual hizo la propia junta a otros exponentes representativos de los otros cuatro continentes. No podría faltar el hermoso retiro de Cuaresma en la Curia Romana para el que requirió el aporte de la comunidad marplatense que le fue brindado en importante medida por los jóvenes de la diócesis y, sin exagerar, la impronta que a la exhortación apostólica de Pablo VI, “Gaudete in Domino” brindó su estilo tal cual ocurrió con otro documento inolvidable del mismo, “Evangelii nuntiandi”.
En esta hora de júbilo asociándonos a toda la Iglesia, reunidos en Luján para su beatificación podríamos escuchar su voz inconfundible diciéndonos: “¡qué bueno es sentir que Jesús el Dios que salva está siempre con nosotros! Jesús no es solo el Salvador, el hijo de Dios que proclamó el centurión al pie de la cruz sino ese Cristo misterioso que va haciendo invisible pero realmente el camino con nosotros. No tenemos por qué desalentarnos ni desanimarnos. Nunca vamos solos en la ruta.
El plantó su tienda entre nosotros”.