Por Susana Honores (nota publicada al cumplir 90 años)

Éramos adolescentes, allá por la década de los 80. El Argentino funcionaba en un local de la calle 28, entre 17 y 19. Adelante la oficina y atrás las maquinas, apenas dos. Durante la semana se preparaban las notas. Recuerdo a mi padre sentado frente a la vieja máquina de escribir preparando el editorial, su preferido, allí podía expresar su pensamiento político, su sentir, sus preocupaciones frente a la realidad y hasta sus sueños. Se colaba alguna noticia de orden nacional y el diario comenzaba a tomar vida con los sociales, con la poesía de algún escritor, con las noticias municipales y con los avisos de los eternos anunciantes que no le podían decir que no a El Argentino.
Y llegaban los viernes y como una ceremonia impostergable la tarde se destinaba al armado del diario. Pero lo más increíble era que la cita no solo nos incluía a nosotros, la familia, sino a nuestras amigas que infaltables formaban parte del rito final. Y mientras la linotipo seguía funcionando a las órdenes del Uruguayo, el Chango comenzaba a hacer girar la gran rueda que a su vez movía los rodillos impregnados de tinta y allí se producía el milagro: El Argentino ya era una realidad.
Así comenzaba el armado frente a un largo tablón, unas de un lado, otras del otro. Las manos negras de tinta, una página sobre la otra y entre risas y mates completábamos nuestra importante misión semanal.
Luego los nombres de los suscriptores escritos prolijamente y con buena letra y por ultimo algún viejo auto que anduviera por lo menos hasta terminar el reparto. Ahora sí, nos podíamos preparar para ir a bailar.
No puedo olvidar esos años, porque El Argentino no era solo el diario, El Argentino era la cara de satisfacción de mi padre por la tarea cumplida, era la fuerza de la amistad, era la solidaridad, era la adolescencia y la juventud, era la familia y era el acompañamiento de la comunidad que lo mantuvo vivo, hasta hoy, en cada mesa de café, en cada hogar, en cada comercio, en cada rinconcito del pueblo.
Noventa años, esta es solo una página más.